Por Virginia Gómez
En un rincón de Faneuil Hall, caída la tarde, se oye un susurro peruano con aire aflamencado. Con su quena, su zampoña y su guitarra, acompañado por alguno de sus colegas de Son del Sol, Alfredo Velásquez transmite el sentimiento de su gran pasión: la música.
Ni siquiera sabe cuándo se sintió músico por primera vez – “es algo con lo que nací”, dice él – pero siempre recuerda cómo con apenas cuatro años imitaba a los artistas de México y cómo con ocho ya se destacó como cantante. Influenciado por los ritmos andinos de la sierra peruana, donde vivía su padre, y por la música afro-peruana del barrio de La Victoria de Lima, donde vivía su madre, Alfredo creó un grupo de música tradicional siendo muy joven. “Hicimos muchas giras por Perú y por eso puede emigrar a Estados Unidos en los 90. Siempre supe que aquí salían muchos conciertos”, cuenta.
A pesar de licenciarse en Ingeniería Administrativa, él siempre ha logrado vivir de la música. En Norteamérica ha tocado y cantado en estados como Florida, Washington y Oregón, pero reconoce que es en Boston donde la música que hace, principalmente andina y salsa, goza de mayor aceptación. Por eso, Alfredo Velásquez lleva viviendo aquí ya 17 años. “He formado parte de grupos como Inca Son, Quetzal y Cóndor y hace unos doce años creé el que hoy es Son de Sol, y con todos ellos siempre he tenido mucho trabajo. Hacemos giras y nos llaman para tocar en teatros, universidades, escuelas o para representar a la Embajada de Perú”, explica.
Muchas tardes, sin sobrepasar la hora permitida para tocar en los espacios públicos de Boston –11:00pm – este peruano nacido en Ica y padre de dos hijos sale con algún compañero a dar lo mejor de su talento. Para él, actuar en la calle es la mejor manera de promocionarse. “De ahí nos sale mucho trabajo. A veces, la gente compra el CD o nos pide una tarjeta y luego nos llama para ofrecernos un contrato. Le solemos explicar que podemos ser una banda de hasta cinco y que también podemos llevar danza y vestimenta típica. Trabajamos de manera muy profesional”, asegura. Como él, otros grupos hacen de la vía pública un escaparate y tan pronto actúan en la calle como lo hacen en la Casa Blanca. “La mayoría tocamos también fuera para crear un fondo e ir invirtiendo en nuestra carrera; cuando se brinda la oportunidad hay que saber aprovecharla”, dice.
LA LIBERTAD DE LA CALLE
A diferencia de áreas como Cambridge, en Boston actuar en la calle no requiere ningún tipo de permiso. Cualquiera puede elegir un lugar y ponerse a tocar. Generalmente, Alfredo acude a Faneuil Hall, una de las zonas donde se concentra mayor número de turistas. Aunque confiesa que la crisis económica se nota, admite que la gente “se sigue portando muy bien. Ya no es como hace 10 años, ahora nos toca trabajar más horas, pero continuamos vendiendo nuestros CDs. La gente agradece aquí la música y la sabe retribuir”, añade.
Como músico callejero, Velásquez siempre ha disfrutado de la libertad de tocar sin ataduras. “Es cierto que dentro de un lugar te sientes más protegido y relajado, pero me encanta la libertad de trabajar fuera y gratifica mucho cuando notas que el viandante goza, que se queda un largo tiempo escuchando o te dice que le encanta la música”, expresa. En la calle, el espíritu peruano de este componente de Son de Sol, residente en Everett, llega a cientos de personas. “Yo siempre pongo el corazón en lo que interpreto, sea cual sea mi público. No se puede engañar, porque lo que proyecto es lo mismo que está sintiendo la gente, por eso nunca se puede tocar por dinero”, asegura.
El ser honesto, de hecho, es un consejo que Alfredo recibió de su familia. “Me enseñaron a ser derecho y justo con los demás, a hacer algo para que haya un cambio”, asume. Y eso, justamente, es lo que le ha ayudado a poder levantarse cada día y dedicarse a lo que más le gusta.
Siga los reportajes de la serie de Artistas Callejeros Latinos en Boston en próximas ediciones de El Planeta.
En un rincón de Faneuil Hall, caída la tarde, se oye un susurro peruano con aire aflamencado. Con su quena, su zampoña y su guitarra, acompañado por alguno de sus colegas de Son del Sol, Alfredo Velásquez transmite el sentimiento de su gran pasión: la música.
Ni siquiera sabe cuándo se sintió músico por primera vez – “es algo con lo que nací”, dice él – pero siempre recuerda cómo con apenas cuatro años imitaba a los artistas de México y cómo con ocho ya se destacó como cantante. Influenciado por los ritmos andinos de la sierra peruana, donde vivía su padre, y por la música afro-peruana del barrio de La Victoria de Lima, donde vivía su madre, Alfredo creó un grupo de música tradicional siendo muy joven. “Hicimos muchas giras por Perú y por eso puede emigrar a Estados Unidos en los 90. Siempre supe que aquí salían muchos conciertos”, cuenta.
A pesar de licenciarse en Ingeniería Administrativa, él siempre ha logrado vivir de la música. En Norteamérica ha tocado y cantado en estados como Florida, Washington y Oregón, pero reconoce que es en Boston donde la música que hace, principalmente andina y salsa, goza de mayor aceptación. Por eso, Alfredo Velásquez lleva viviendo aquí ya 17 años. “He formado parte de grupos como Inca Son, Quetzal y Cóndor y hace unos doce años creé el que hoy es Son de Sol, y con todos ellos siempre he tenido mucho trabajo. Hacemos giras y nos llaman para tocar en teatros, universidades, escuelas o para representar a la Embajada de Perú”, explica.
Muchas tardes, sin sobrepasar la hora permitida para tocar en los espacios públicos de Boston –11:00pm – este peruano nacido en Ica y padre de dos hijos sale con algún compañero a dar lo mejor de su talento. Para él, actuar en la calle es la mejor manera de promocionarse. “De ahí nos sale mucho trabajo. A veces, la gente compra el CD o nos pide una tarjeta y luego nos llama para ofrecernos un contrato. Le solemos explicar que podemos ser una banda de hasta cinco y que también podemos llevar danza y vestimenta típica. Trabajamos de manera muy profesional”, asegura. Como él, otros grupos hacen de la vía pública un escaparate y tan pronto actúan en la calle como lo hacen en la Casa Blanca. “La mayoría tocamos también fuera para crear un fondo e ir invirtiendo en nuestra carrera; cuando se brinda la oportunidad hay que saber aprovecharla”, dice.
LA LIBERTAD DE LA CALLE
A diferencia de áreas como Cambridge, en Boston actuar en la calle no requiere ningún tipo de permiso. Cualquiera puede elegir un lugar y ponerse a tocar. Generalmente, Alfredo acude a Faneuil Hall, una de las zonas donde se concentra mayor número de turistas. Aunque confiesa que la crisis económica se nota, admite que la gente “se sigue portando muy bien. Ya no es como hace 10 años, ahora nos toca trabajar más horas, pero continuamos vendiendo nuestros CDs. La gente agradece aquí la música y la sabe retribuir”, añade.
Como músico callejero, Velásquez siempre ha disfrutado de la libertad de tocar sin ataduras. “Es cierto que dentro de un lugar te sientes más protegido y relajado, pero me encanta la libertad de trabajar fuera y gratifica mucho cuando notas que el viandante goza, que se queda un largo tiempo escuchando o te dice que le encanta la música”, expresa. En la calle, el espíritu peruano de este componente de Son de Sol, residente en Everett, llega a cientos de personas. “Yo siempre pongo el corazón en lo que interpreto, sea cual sea mi público. No se puede engañar, porque lo que proyecto es lo mismo que está sintiendo la gente, por eso nunca se puede tocar por dinero”, asegura.
El ser honesto, de hecho, es un consejo que Alfredo recibió de su familia. “Me enseñaron a ser derecho y justo con los demás, a hacer algo para que haya un cambio”, asume. Y eso, justamente, es lo que le ha ayudado a poder levantarse cada día y dedicarse a lo que más le gusta.
Siga los reportajes de la serie de Artistas Callejeros Latinos en Boston en próximas ediciones de El Planeta.













